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…no os neguéis el uno al otro, a menos que sea de acuerdo mutuo por algún tiempo, para que os dediquéis a la oración y volváis a uniros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia. (1 Co 7.5)

Desde hace mucho, el asunto ‘sexualidad’ ha permanecido encerrado “a siete llaves”. Aunque Dios trata de ese asunto enel primer capítulo del Génesis, tanto la sociedad como la iglesia se han pasado por alto. Al hacer Dios al ser humano, eligió que éste fuera sexual, pues varón y hembra los creó (Gn 1.27). Por lo tanto somos seres dotados de sexualidad.Haciéndonos sexuales, el sabio Hacedor pensó en algo que nos hiciera completo, que nos hiciera felices, satisfechos en nuestro potencial, es decir, en nuestra relación de afectividad, compañerismo, proporcionando, además, el placer físico, la estabilidad emocional, en fin, la seguridad en el relacionamiento entre marido y muje. Al reconocer que Adán no se llevaría bien solo, Dios le dio una compañera. De hecho estaba aprobando a que se empezara una familia, la más importante institución para el desarrollo pleno de un ser humano. La sexualidad se hace esencial para la manutención de la familia, no sólo por ser la forma que eligió Dios para procrear sino por ser dada como una bendición que puede ser traducida por intimidad, sentimiento de aceptación y conforto. Según el Pr Jaime Kemp, “intimidad es cuando el alma se calma y se siente en casa” (Hogar Cristiano, julio/agosto de 2007), algo que nos deja a gusto. Y eso es sólo en el matrimonio, según los padrones divinos y es posible. Cuando uno desobedece a las reglas impuestas por Dios, le viene la sensación de culpa e insatisfacción, más o menos como una invasión de privacidad ajena. Para aclarar la comprensión, Pablo escribió: ...la mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer (1 Co 7.4). La exclusividad produce seguridad, confianza para que la pareja se entregue el uno al otro sin rechazo, sin frustración. No hay mejor palabra que exprese mayor intimidad que el verbo “conocer”, que usa la Biblia para describir al sexo matrimonial. Un hombre y una mujer sólo se conocen verdaderamente después de unirse sexualmente, según el propósito de Dios para el casamiento (Gn 2.24).
El sexo matrimonial, según los padrones divinos, es el mayor grado de intimidad física y emocional posible en un relacionamiento humano; de ahí el interese demasiado de Satanás en pervertirlo y en alterarlo. Afortunadamente, hoy, los cristianos ya han recibido orientaciones sanas y satisfactorias a la luz de la palabra de Dios. Por ello, han cambiado muchos conceptos erróneos que generaciones han traídos y que, muchas veces, han vuelto en pecados seguidos por sufrimiento. Es preciso dar mucha importancia a nuestra sexualidad. Al leer los consejos de Pablo, nos agranda una palabra a los ojos: el respeto. Cuando hay amor, es el cónyuge que se presenta en primer lugar. Su satisfacción, su placer, no se deja de lado. Es un hecho que en un mundo tan egoísta la palabra “engaño” no aparece muy comúnmente relacionada a la sexualidad. Lo que importa es el placer propio, la superficialidad, lo instantáneo, y el resultado son consultorios llenos de depresivos, violentos y aspirantes a la soledad y a la muerte. Que Dios nos haga recordar, todos los días, que el sexo es creación divina. Busquemos capacidad de Dios para expresarnos nuestra sexualidad de forma tranquila, compasiva, dándonos mutuamente, sin límites, dentro de los parámetros establecidos por el propio Señor y Hacedor del sexo, en su más bella y placentera forma y sencillez.     

 Marta Olivia de Oliveira Santos 
 

           

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