Es evidente que nos hemos enterado ya, de oídas o de lecturas, a respeto de mujeres importantes que han hecho historia. Podemos nombrar a algunas de ellas como: Joana d’Arc, heroína francesa, que luchó en la Guerra de los Cien Años y se ha vuelto mártir; Madre Teresa de Calcutá, misionera católica, que se dedicó a proteger y a recuperar a los pobres en India; Eva Perón, líder política argentina; Margaret Thatcher, ex primera ministra británica, Hillary Clinton, senadora y actual ex aspirante a la presidencia de los EEUU. Todas esas mujeres se han vuelto conocidas mundialmente, por haber hecho algo por su nación, es decir, han decidido luchar en favor de la justicia social, asumiendo puestos políticos que eran reservados únicamente a los hombres. Afortunadamente se halla, en la historia, heroínas anónimas, cuyo nombres no aparecieron jamás en revistas, en programas de televisión o en periódicos. No las entrevistaron jamás, tampoco las homenajearon. Quizás en tu país hallan muchas de ellas. En Brasil, hallamos muchas; en especial Alceri María Gomes da Silva, obrera gaucha que luchó contra la dictadura militar y acabó siendo asesinada. Isabel Dillon, la primera mujer a aspirar al puesto de diputada, en la Constituyente de 1891. Margarita María Alves, que luchó por los derechos de los trabajadores rurales ‘paraibanos’. Como se puede notar hay innumeras de ellas incluso las de la actualidad, que están por ahí, haciendo lo que le toca, en las iglesias, en los hospitales, en las cárceles, en las escuelas, en las casas de los huérfanos, en las casas de recuperación y en tantas ONG’s que hay por todo el mundo. Son mujeres que, de alguna forma, han luchado, o luchan, por el bienestar colectivo; que no están de acuerdo con la indiferencia del que puede y debe hacer algo y no lo hace. La Biblia también nos presenta una mujer muy poco conocida y muy poco hablada, pero que ha hecho lo que le tocaba hacer ayudando a construir la historia de su pueblo. Su nombre es Jocabed. No es común leer algún texto u oír algún sermón sobre esa casi anónima. Entonces, para los que no la conocen, ofrecemos algunas informaciones sobre ella: Jocabed era una israelí de la tribu de Levi, esposa de Amram y madre de María, Aarón y Moisés. Vivió en el tiempo en el cual el pueblo de Israel era esclavizado en Egipto y tuvo que enfrentar, como todas otras madres israelíes, el decreto de un Faraón que había determinado la matanza de todos los niños hebreos al nacer. Ese acontecimiento está relatado en Éxodo 1-2. Desafortunadamente no se cita su nombre ni en su lucha para mantener en el escondite, por tres meses, su hijo menor. Sólo se la conoce en Éxodo 6.20, en la genealogía de Moisés y Aarón, y en Números 26.59, en el censo de la tribu de Levi. Ésas son las dos únicas veces que se cita el nombre Jocabed. En el texto de Éx 2.1-10, es mencionada apenas como: ‘una descendiente de Levi’, ‘la mujer’, ‘la madre del niño’. Sin embargo, ese texto, aunque no menciona su nombre, nos habla mucho sobre ella. ¿Por qué se ve a Jocabed como una mujer especial? Ella era desgraciada, porque era esclava y vivía en una época en la que nadie le daba crédito. Además, no se halla ninguna información bíblica de que las otras mujeres hebreas – excepto las parteras, que se negaron a obedecer a la orden del rey – reaccionaron negativamente a la sentencia de muerte dada a sus bebés. Ese sería un motivo suficiente para que ella se sometiera al decreto injusto de Faraón. Pero, al contrario de simplemente aceptar la injusticia como algo inevitable, la esclava Jocabed resolvió salvar a su hijo. Las circunstancias no eran favorables, pero había algo que ella podía hacer, y lo hizo: ocultó el niño por tres meses. Jocabed, tal como las parteras, entendió que no estaba totalmente limitada. No mucho después de estos días, ella tuvo que ponerse frente a frente a la imposibilidad de mantener su hijo en oculto. Nuevamente, a pesar de los infortunios, Jocabed encontró una nueva forma de actuar: calafateó un carrizal, para guardar en él el bebé y dejarlo en la orilla del río. Estaba Dios con aquella mujer y no sólo ha hecho con que el niño regresara a ella sino que le hizo el libertador del pueblo de Israel de la esclavitud del Egipto y el mayor legislador que ha conocido el mundo. Se sabe que tanto Jocabed como su marido hicieron de esa forma por fe, en reacción a la injusticia que les impusieron, porque el autor de Hebreos (11.23) dijo: Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses (…) y no temieron el decreto del rey. También se halla escrito en otra traducción: Fue por la fe que los padres de Moisés, cuando nació, lo ocultaron durante tres meses (…) y no temieron desobedecer a la ordenanza del rey. La fe que ellos impusieron en Dios hizo con que luchara por el derecho de crear el propio hijo. Es eso lo que la fe engendra en nosotros: sed de justicia, puesto que, desear justicia es anhelar que lleve a cabo la voluntad de Dios. En otra ocasión, en el sermón del monte Jesús dijo: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados (Mt 5.6). Si ejercemos la fe en Cristo, debemos hacerla buscando el bienestar del prójimo, y, para ello, envuelve una actitud de coraje para protestar contra leyes injustas y sistemas opresores. Según el apóstol Santiago, sin esa actitud, nuestra fe es muerta (Stg 1.17). Esa enseñanza se hace más eficaz por estas palabras del mismo apóstol:
La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo. (Stg 1.27)
También, en el Antiguo Testamento, Dios nos pone alerta en el mismo sentido:
¿No es más bien el ayuno que yo elegí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano? (Is 58.6-7)
El cristiano no debe resignarse, de ninguna manera, con la injusticia. El mundo necesita oír voceos de protestas contra la desigualdad social, el trabajo esclavo, el irrespeto al niño, al anciano, al minusválido, al medio ambiente, la corrupción moral, la desintegración de la familia, la poca importancia a la vida, de la iglesia. El mundo necesita ser influenciado por nosotros, a través del evangelio. Dios nos ha llamado para hacernos lo que nos toca hacer, aunque nuestro trabajo no se lo reconozca de inmediato, aunque nuestro nombre se lo olvide o aunque otros lleven el mérito por nosotros. Luchar por justicia es, ante todo, practicar justicia, en el hogar, en el trabajo, en el colegio; también es sentirse responsables por los no valorados, por el presente y el futuro de la iglesia, de la nación, del ecosistema; es sentir las mismas penas de los inicuos. No se puede ignorar el mensaje de Proverbios 31.8-9: Abre tu boca por el mudo e el juicio de todos los desvalidos. Abre tu boca, juzga con justicia, y defiende la causa del pobre y del menesteroso.
La vida encubierta que ha tenido Jocabed nos enseña que, aunque en adversidades es posible luchar por lo que es justo. No hace falta luceros que nos alumbren o reconocimiento humano. De hecho, el nombre Jocabed no ha ido para la galería de la fe, pero su significado parece hablarnos todo: ‘Jehová es gloria’. La gloria no cabía a ella; la gloria es de Dios. Al final, que nuestras actitudes de fe estén más allá del honor, porque Dios se acuerda de ellas y es por ellas que él es exaltado.
Consejo de Lectura
Eudoxiana Canto Melo