Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado, en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha. (Ef 5.25-27)
Ante todo
Ante todo, ella no era hermosa y, sí, fea. Cuando él la vio por primera vez, ella tenía arrugas y se la veía muchos defectos. De hecho, cuando él le dio valor, ella no lo poseía. Uno de sus primeros nombres, ‘pueblo de Dios’; era demasiado extraño para la que sería la esposa del más importante novio de la historia. Él la vio, pero ella no lo percibió. Desde la primera mirada, ella insistió en despreciarlo (Dt 9.24). Entonces, él insistió en la mirada y siguió galanteándola; pero, a ella, él le importó un pimiento. De ahí que, unilateralmente, decidió elegirla sólo para él (Dt 7.6). Él la amó antes de que ella supiera que sería la más feliz de todas las mujeres. Era pequeña, débil, oculta, desconocida, sin expresión. Nunca nadie la notó, la percibió, la deseó. Ella despreciaba a sí misma. Tenía actitudes como si alguien jamás la hubiera amado. De hecho, ella no era la mujer más bella del mundo; había otras mucho más guapas, hermosas y fuertes; pero él la quiso, simplemente porque la amó desde el principio (Dt 7.7). Sintiéndose la peor de las mujeres, descendiéndose su estima hacia al suelo, entregándose al desamor, aceptando la soledad como algo consumado, aun declarando que no conocería jamás el sabor de un amor verdadero, apareció él y la amó con toda su alma, y la libró del poder de las frustraciones amorosas, de las cuales la esclavizaba. Él lo ha hecho para cumplir el juramento que había hecho a sus antepasados (Dt 7.8). Él la tomó en brazos y la amó con el amor que ella creía imposible. Sobretodo, no se le ocurrió la idea de la nobleza y de la realeza de él; ni siquiera imaginó que su novio era incomparable, único, fiel y que mantiene su fidelidad. Además, no tenía ni idea de que él seguiría amándola, por los siglos, y que haría todo para que ella lo amara y correspondiera a sus valores y deseos más elevados (Dt 7.9). Si ella respondiera libre y positivamente a su amor, tendría la satisfacción de sentirse amada, bendita y poderosa. Él le daría muchos hijos, buenas cosechas de cereales, de uvas y de aceitunas y muchos ganados y muchas ovejas. Él le daría los mejores regalos de la tierra y, por consiguiente ella sería la mujer más bendita del mundo (Dt 7.14).
Así y todo
Él decidió casarse con ella. Ella no demostraba seguridad ninguna, tampoco le daba señal de que sería fiel. Aun siendo así, él resolvió arriesgarse y contraer matrimonio. Él entendió que su amor perfecto podía hacerla cambiar. Al principio, ella pagaba con igualdad a su amor. Ella parecía estar contenta con el amor de él; y él la miraba con optimismo y esperanza para el futuro. Como le había prometido, él le dio a ella el primer hijo (Os 1.3-4).La boda había llegado a la cumbre, cuando se dio cuenta de que ella empezó a cambiar. Él la vio un poco extraña, alejada; ella empezó a mirarlo de forma distinta; una mirada llena de sensualidad. “Las mujeres cambian mucho cuando vuelven madres”, pensó él, sin darse cuenta de lo que pudiera sobrevenirle. A cada día, su amor por ella se hacía más intenso en el pecho; mientras tanto, cuanto más demostraba amor, cuanto más la buscaba, más sentía que ella se excusaba y se alejaba. Él la vio llegar con unas vestimentas extrañas, cortas y escotadas; olió sus nuevos perfumes y se asombró con sus nuevos adornos. Descreído, la vio hacer el hijo dormir, y, enseguida, ponerse lista y salir. En vano, intentó intervenir. Ella salía a las nueve de la noche y volvía sobre las seis de la mañana. Percibió que los contactos conyugales estaban disminuyendo considerablemente. Fue cuando ella se embarazó por segunda vez (Os 1.6). Era una hermosa niña. Él no pudo disfrazar el incómodo, pero su amor le hizo callar. Él se puso perturbado, mas su amor le suplió la angustia. Lo que más le trastornaba el alma era sentir que la amaba aún más; ahora, él tenía que humillarse para tenerla en brazos, rogar por su amor, pedirle limosna. Y se puso sorprendido cuando ella le dio la noticia de que sería madre por tercera vez; ahora un niño (Os1.8). Al hacer que dejara de mamar el tercer hijo, se alejó y se mostró rebelde ante su marido. Él intentó volver a conquistarla muchas veces, pero no logró. Al atardecer de un triste día, él la vio marcharse definitivamente, dejándolo con los tres hijos. Ella se alejó. Él siempre supo del riesgo; perturbó profundamente; ahora, estaba seguro de que la niña y el último niño no eran frutos de su amor; sin embargo él aún la seguía queriendo. Los días se han vuelto difíciles, muy duros para él. Desesperado, él va a la búsqueda de ella por todos los sitios: calle por calle (Lc 14.21). Mientras busca, su aliento empieza a hacerse intenso; siente su corazón latir de amor. Él la encuentra en una casucha con un amante, un hombre que no podía darle sustento. Él procura captarse el amor de ella, pero ella desprecia todos sus ruegos; alaba el amante y declara que éste le dará las mejores ropas, perfumes y comida (Os 2.12-13). Ella le dio las espaldas y se esfumó en la oscuridad en dirección al nuevo hombre. Sin creer, él la ve alejarse de él, nuevamente, consciente. Humillado, regresa a su casa junto a sus hijos entristecido por haberla perdido.
Total que
Pasados muchos años. Mientras se deshonraba con sus amantes, él permanecía fiel a ella (2 Ti 2.13). Para él, ella seguía siendo la mujer de sus sueños, el amor de su vida. Su amor era tan inmenso que le sobrevenía la sensación de que la hubiera perdido hacía muy poco tiempo. Un día, cuando adornaba la primavera a los campos, él sintió su corazón latir muy fuerte; entendió que debiera salir, presintió que algo de bueno podía ocurrir. Durante el tiempo en que caminaba por las calles, sintió el mismo aliento que había sentido antes. Su corazón estaba cierto. Él camina más firme. Sus pies paran enfrente del mercado central. Ve hombres injustos vendiendo personas. Observa. Percibe que es la vez de una mujer. Con dificultad en medio de la multitud, busca el mejor ángulo. Su corazón casi para al verla más de cerca. “¡Es ella!”, exclama. Se pone estupefacto. Las manos hielan. Es ella, pero ya no se parece con ella. Está desnuda – como las esclavas eran vendidas –. Ya no agradaba a ningún ojo, aun lo de los amantes. Está flaca, como un fideo, amarilla. Se le aparecen las costillas, los pelos canosos, maltratados. “Está muy herida”. Él se acerca aún más. Cuanto más se acercaba, más sentía el corazón latir de amor. Se le ocurre que al mirarla en los ojos parece ver un cierto brillo de locura (Jer 51.7) “Los amantes no le dieron vestimentas, ni perfume ni comida” Él se estremece. “Ella está muy enferma” (Dt 7.12-15). Ahora, aún más cerca del lugar donde ella está siendo vendida, él está como una sopa, mojado por un sudor helado. ¡No es para tanto!: está delante de la mujer de su vida. Él oye el precio que está a trece ciclos de plata; después, quince… Se aquieta. “Quince ciclos de plata y un homer y medio de cebada, él dijo. “Vendida” ¡Un gran valor! (Os 3.1-2). Con lo que le sobró, le compró un vestido blanco; le costó un ojo de la cara. Había gastado todo lo que tenía. Él camina hacia a ella. Está muy ansioso. Se recuerda del día en el que la vio por primera vez. Sube las escaleras de piedras y, finalmente, se queda cara a cara con su amada. Ella tiene dificultades de ponerse de pie; no consigue mirarlo en los ojos. Él la toma por las manos. Con ternura, él la viste y le dice: Tú serás mía durante muchos días; no fornicarás, ni tomarás otro hombre; lo mismo haré yo contigo (Os 3.3). Impresionada, desmaya en sus brazos. Él la recoge y la lleva a casa. Como siendo un marido fiel, le dejó un tiempo para que se sanara y se purificara. Él la echaba una mano, cantando con ella una maravillosa canción que David cantó, después de haberse llegado a una mujer y arrepentirse (Sal 51) Con el correr del tiempo, ella se sanó y se purificó; y además, se hizo una esposa fiel. Desde su boca no se oyó jamás piropos sobre amantes. Ella lo miraba y le decía: “Mi esposo” Una vez más te llamaré ‘Mi esposo’ y nunca más te llamaré ‘Baali’. (Os 2.16)
Y eso? Qué tiene que ver conmigo
Nosotros somos la esposa de Jesús. Como mujer de él, afortunadamente, muchas veces insistimos en flirtear con los amantes de este mundo; vamos mucho más allá: fornicamos. A veces, fornicamos con una nueva doctrina, una nueva manera de construir una familia. Todo fuera de la gracia, fuera de los pactos, fuera de la Palabra. A veces, nos entregamos tanto en lo de la fornicación que llegamos a punto de echar el esposo para fuera de casa, y lo vemos, humillando e implorando amor (Ap 3.20).Embebecidos con las novedades del amante, creemos que el otro es el que nos dará vestimenta, nos perfumará y nos alimentará. Ilusionados, nos entregamos de cuerpo y alma y nos alejamos del marido. Él nos quiere sanos, fuertes, robles (Ec 12.1-7). Pero nosotros entregamos nuestra juventud, nuestro vigor, nuestro mejor a los seductores encantos del falso amor. Sin embargo, el marido no desiste: cuanto más es humillado, más él se encanta por nosotros. Cuando nos vemos sucios, débiles, enfermos, amarillos, “con las costillas apareciendo” y no más causando ninguna emoción en el amante, Jesús viene hacia nosotros, nos viste, nos lleva a casa, sana nuestras enfermedades, nos purifica y nos recibe como su esposa. Aunque lo despreciemos, él muere de amor por nosotros. Él ama tanto su iglesia que
…se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentarla a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha (Ef 5.25-27)
El encanto de él por ella es porque la quiere una mujer santa. Para ello, él soporta todas las humillaciones de ella a fin de que se presente a él purificada. Él no se cansa de esperar por el amor de ella. Él cree que, mientras pasa el tiempo, ella se sanará y se purificará de sus pecados. Por causa del amor de él, ella acabará aprendiendo a ser fiel. Y cuando llegue ese día, él le dirá: Israel, te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia; te desposaré conmigo en fidelidad, y conocerás a Jehová (Os 2.19-20). Él verá en ella la fidelidad y se dará por contento; ella será santa, no por su dignidad sino porque su Esposo es santo (1 Pe 1.15-16).
Pastor José Lima de Farias Filho